Regreso a Tordesillas

IMG_20200415_133746_947La tarde en que su jefa le dijo que a partir del día siguiente trabajaría desde su casa hasta nuevo aviso, un miedo al que conocía de tiempo atrás y apenas había domado le recorrió la espina dorsal. Se despidió de todos como siempre, sin sentimentalismos ni volver la vista atrás, como si el mundo no hubiera cambiado desde un mercado callejero de China, mientras el recuerdo de los años en que eligió encerrarse en su casa – vestida de negro y con la única compañía de sus libros y de Lucía, una gata negra – cuando no se movía como autómata por la vida cotidiana, se le fue cerrando alrededor del cuello, hasta casi asfixiarla.

Jamás negaría ese encierro de casi una década – ni las razones que la llevaron a ello -, pero había trabajado consigo misma para que fuera solo un recuerdo al que había enterrado en el jardín, junto con la ropa negra y deslucida por el uso y el descuido, y las cenizas de una carta que se había escrito a esa que había sido, desde esa que estaba aprendiendo a ser.

Mientras caminaba rumbo a su casa, pensó en los tres abismos a los que debería evitar durante el primer confinamiento no autoimpuesto de su vida, porque sabía que esta vez le costaría más de 10 años salir de ellos, y no tenía ganas de pagarle a una psicóloga el dinero que podía gastarse en comprarse libros o ahorrar para viajar:

  1. Matarse lentamente, literalmente matarse, a través de la comida que sabía que lo único que hacía era comprarle un futuro lleno de achaques: Uno de los leones a los que más trabajo le había costado domar y que la hacía trabajar a diario, 24/7 – porque hasta en sus sueños tenía que luchar contra ella  -.
  2. El pelo. Desde pequeña tenía la manía de cortarse las puntitas del pelo. Había ocultado bastante bien esa manía hasta que un día las puntitas se hicieron puntas, las puntas se hicieron medios, los medios se hicieron enteros y se cortó hasta la coronilla: Donde debería haber un fleco había un rugoso espacio de pelo cortado al ras que tardó bastante en volver a la normalidad. Desde ese momento dejó las tijeras en paz, tan en paz que solo una vez al año iba con algún estilista a que le domara la melena. Durante sus años de encierro, su pelo se convirtió en una rala mortaja que gritaba abandono y no fue sino hasta que salió de la prisión de su mente que volvió a relacionarse con su pelo, incluso hasta a peinarlo.
  3. Su relación con el presente. Gran parte de su confinamiento autoimpuesto se debía a su expertise habitando el pasado. El futuro existía, sí, pero ligado a todo lo que en ese pasado no había sido, y el presente era la mera consecuencia de que aún seguía respirando. ¿Cómo diablos, cómo carajos iba a hacerle para gestionar sus miedos sobre el futuro si el presente se hacía más aterrador a cada instante? ¿Estaba preparada para vivir al lado del abismo?

Preparada o no, ahí estaba y por primera vez no quería dar marcha atrás, porque quería comprobar si la nueva yo que emergió después de la terapia era de carne y hueso, y no una máscara para despistar al espejo.

Colocó frente a sí, en su lugar de trabajo, la tarjeta de la psicóloga y unas tijeras: A los amigos hay que mantenerlos cerca y a los enemigos, aún más cerca.

2020: Crónicas de una recordatriz

IMG_20200410_211507_541_2Nunca pensó que parte de sus días la ocuparía en tratar de recordar la última vez que había abrazado, que había tomado el camión de regreso a su casa, apretujada entre tanta gente, o que había dado uno de esos paseos por el mero gusto de ejercer su derecho a caminar.

El hurgar en su memoria en busca de los recuerdos de todo aquello que daba por sentado y de lo que huía – los abrazos -, con lo que tenía una relación amor-odio – el transporte público – o que era una de sus actividades favoritas – caminar -, se convirtió en la misma desesperada actividad de quien horada la arena del desierto en busca de agua.

Ella, que alguna vez se había creído libre, estaba ahora confinada a existir en su memoria mientras trataba de configurar un nuevo yo con el que pudiera estar en paz durante una cuarentena que en el nombre llevaba la penitencia y la mentira, porque sabía que no serían suficientes cuarenta días para mantenerse alejada del peligro ni para recuperarse de los estragos de la sobredosis de sí misma. 

¿Quién decía eso de que si querías hacer reír a Dios, le contaras tus planes? A estas alturas seguramente Dios ya tiene las mandíbulas y el abdomen adoloridos de tanto reírse de todos los planes de todas las personas de todo el mundo: ¿Vacaciones en Italia? ¿Conocer por fin Nueva York? ¡Ja! ¿Boda? ¿Dieta? ¿New Year, New Me? ¡Ja, ja! ¿Comenzar por fin a ahorrar, ahora que tienes un trabajo estable? ¡Ja, ja, ja! ¿Ganar una medalla en Tokyo 2020? ¡Ja, ja, ja, ja! 

Tome aire y siéntese, señor, que todavía le queda mucho por carcajearse: Si de algo adolece la humanidad es de terquedad e ilusión más o menos a partes iguales, así que se va a seguir soñando y tal vez contárselo para que se siga riendo como cuando en enero se saturan los gimnasios y en abril la determinación se convierte en una resignación que el 31 de diciembre vuelve a renovarse al compás de 12 campanadas. 

El único plan posible que no hace reír a Dios a carcajadas – apenas sí le saca una risa discreta, porque, aunque tal vez no lo acepte, admira la resiliencia que ha mantenido en marcha a la humanidad – es sobrevivir con lo que se pueda, con lo que se tenga y, si es posible, ayudar a otros a hacer lo propio. 

Había iniciado su confinamiento con todas las buenas intenciones de ejercitarse, practicar mindfulness, no ser presa de la ansiedad que años antes habría de sumergirla en la comida más dañina – y más deliciosa -, meditar, reflexionar y convertirse en una mejor persona – ella, ¿la peor de todas? -, pero no contó con que la necesidad de su memoria de recordar hasta el más pequeño detalle de su tiempo pre pandémico comenzaría a acecharla en forma de llovizna que se transformaría en una granizada espectacular. 

Cuando el mindfulness, práctica incipiente en su vida, no aguantó la embestida de los recuerdos y huyó, supo que no tenía opción: Tendría que visitar el pasado para poder seguir viva en el presente. 

Historias para contar en cuarentena: Harry Houdini

 

Eric Weisz
Imagen de es.wikipedia.org

Shake me, I’m magic

 

Durante su adolescencia, Erik Weisz trabajó de mensajero en Nueva York. Un día nevado puso su gorra en la acera con un letrero: “Se acerca la Navidad, los pavos engordan. Por caridad, ponga una moneda dentro”. Cuando tuvo suficientes monedas regresó a su casa, pero antes de entrar las acomodó entre su abundante cabello crespo. Al llegar le dijo a su madre: “Sacúdeme, soy mágico”. Ella lo hizo, y las monedas se desperdigaron por el piso. 

Tal vez ese fue el primer acto de magia de quien sería conocido como Harry Houdini, en honor al mago francés Robert Houdin, considerado como el padre de la magia moderna. 

 

 

HH4
Imagen de fineartamerica.com

No pueden retenerme, soy el artista del escape: Soy Harry Houdini

 

En octubre de 1926, mientras estaba en Montreal, un estudiante retó a Houdini a recibir unos cuantos golpes en el abdomen, para comprobar si su resistencia física era tan legendaria como se decía. Él aceptó, pero recibió los golpes antes de poder prepararse adecuadamente. Los golpes le generaron una rotura de apéndice, causándole una apendicitis que se transformó en peritonitis, contra la que luchó un par de días. El 31 de octubre de 1926, a la 1:26 de la madrugada, el artista del escape entró a la dimensión de la que no hay escapatoria. 

Durante 10 años, su esposa, Bess, celebró sesiones espiritistas con la esperanza de contactarse con él: Si había alguna forma de comunicarse desde el más allá, él lo haría vía las 10 palabras secretas que solo él y su esposa conocían. Después de la última e infructuosa sesión espiritista, Bess apagó una vela que simbólicamente mantenía encendida junto a la fotografía de Houdini porque “diez años son suficientes para esperar por cualquier hombre”. 

Ecos santiaguinos: Yungay y el roto

Monumento al roto chileno en el barrio Yungay, en Santiago.

En el barrio Yungay – emblemático barrio patrimonial de Santiago-, en lo alto del centro de la plaza Yungay el roto chileno vigila el panorama. Esta escultura de Virginio Arias fue premiada con el oro del Salón de París en 1882.

¿Quién es el roto chileno? Es el icono colectivo que representa al héroe anónimo, chileno de a pie y valiente defensor de la patria que en la mano derecha tiene un fusil y tras su pie una gravilla de trigo, que alude a su condición de campesino.

Cada 20 de enero se conmemora el Día del Roto Chileno, en recuerdo a los soldados que participaron en la batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839, por lo que en el barrio hay un festival con bailes, actividades musicales, teatrales y de artesanías.

Cuando visité al Roto, el frío del invierno mordía hasta la piel de bronce del monumento, por lo que una anónima alma caritativa hizo lo que procede en estos casos: Protegerlo del frío.

¿Juana la Loca? No, Juana de Castilla

"Por lo general en este mundo los peores golpes nos los dan los seres que más amamos. De ahí los crímenes pasionales, las locuras de amor. El que ama le da al otro un carcaj con flechas y se pone un blanco en el pecho. Se supone que existe un pacto de no agresión, pero si ese pacto se rompe… es una carnicería. "

Manuel dijo que me narraría la vida de Juana de Castilla y su locura de amor por su marido Felipe el Hermoso, si yo aceptaba ciertas condiciones. Era profesor de la Universidad Complutense. Su especialidad era el Renacimiento español. Yo aún estudiaba la escuela secundaria. Tenía diecisiete años y desde los trece, desde la muerte de mis padres en un accidente aéreo, estaba interna en un colegio de monjas en Madrid, lejos de mi pequeña patria latinoamericana.

Gioconda Belli ha sido una pluma imprescindible en mi vida. Desde que descubrí su poesía, cuando estudiaba Letras Españolas, la he puesto en lo más alto de mis amores literarios.

Hubo un tiempo en el que me intrigaron mucho las dinastías reales de España. Creo que fue cuando vi un cuadro de Carlos II, ‘El Hechizado’. Fue mi mamá la que me dijo que este pobre estaba más tirándole a desgraciado que a agraciado por los matrimonios consanguíneos de los Habsburgo. Mi papá no fue tan cordial: ‘Europa se hizo en la cama, hija, y he ahí el resultado’. Revisando las enciclopedias hispánicas de mi casa me topé con Juana de Castilla: Ahí comenzó mi obsesión por este personaje y por la manera en la que, hasta aquel momento, los historiadores habían construido su biografía para la posteridad, reduciéndola a ser ‘la Loca’, pasando por alto el hecho de que fue una de las princesas más cultas de la época, educada por la brillante filósofa Beatriz Galindo ‘la Latina’, y enfocándose en que enloqueció de amor por Felipe II de Castilla, a quien pudieron haberle puesto ‘El Insensible’, o ‘El Codicioso’, pero no, lo hicieron pasar a la historia como ‘El Hermoso’.

¿Qué pasa, entonces cuando Gioconda decide hurgar en las entrañas de la historia de Juana y escribe El pergamino de la seducción? Lo obvio: Corro a comprarlo, olvidándome de que tengo cerca de 30 libros que esperan pacientemente su turno de habitarme, y en una tarde nos unimos en gozoso aquelarre Juana, Gioconda y yo.

<<Lucía: Juana de Castilla contaba con dieciséis años cuando casó con Felipe el Hermoso. Como tú, se sintió muy sola en Flandes, lejos de su familia. Cuenta conmigo si necesitaras algo en Madrid. Me puedes escribir, si lo deseas, a: calle San Bernardo, 28, 4°, Madrid, 00267. Saludos, Manuel de Sandoval y Rojas.>>

Párrafos subrayados con pluma azul y pluma negra dan cuenta de las dos lecturas que en épocas distintas de mi vida hice de esta novela. La primera la hice en el 2006, que fue cuando la compré, y de la segunda la verdad no tengo memoria. De lo que estoy segura es que entre esa lectura y la tercera, hecha en días recientes, pasaron los años más significativos de mi vida – me sobreviví, cambié de trabajo y comencé a recuperar mis sueños y construirme nuevos -, permeados también por el acercamiento que he tenido a discursos acerca de la sororidad, el feminismo, el abuso de poder, #MeToo, la resignificación del ser mujer en un mundo en el que las narrativas han sido construidas por hombres y para hombres.

Para mí sigue intacto el valor literario de la obra y el trabajo magistral que hace Gioconda al rescatar a Juana de las crónicas y cederle a ella la voz, pero la historia de los rapsodas que hacen emerger a la reina se me reveló con matices que me hicieron experimentar una incomodidad que me tomó desprevenida, porque nunca pensé que leer a Gioconda Belli me llevara a sentirme incómoda y hasta enojada.

Lucía está sola, es adolescente – es decir, menor de edad, ¿te enteras, Manuel? – vive en un país que no es el suyo, y comienza a descubrir las posibilidades de existir en un cuerpo que abandona los rasgos infantiles. Y el único adulto disponible, además de las monjas del internado en el que transcurre sus días de huérfana, es un que parecía un personaje de otro tiempo. Tenía el pelo completamente blanco. A esto se añadía una piel muy clara, casi traslúcida, cejas gruesas oscuras, ojos azules y unos labios que, por contraste, lucían muy encarnados; historiador especializado en el Renacimiento Español al que le encantaba contarle – sin saber si ella tenía o no algún conocimiento sobre sexualidad – sobre la explosiva noche de bodas de Felipe y Juana, y que la arrastró a su obsesión por esta reina.

‘Es que te le pareces. Es que siento su presencia cuando estoy contigo. Es que tú estás sola en un país desconocido, como ella. Por favor ayúdame a desentrañarla: Pero tienes que ir a mi casa, medio desnudarte en mi habitación y dejar que yo te vista con un vestido de la época, porque te le pareces mucho. Obvio, tú y yo solos. Porque tú no tiene a quien decirle – las monjas no son opción – y yo porque es mi obsesión privada.’

Pues muy académico y muy experto en Renacimiento español, pero Manuel es un personaje deleznable, y detesto que sea su voz la que haya hecho emerger a Juana. La voz de alguien que manipuló a una menor de edad hasta tener relaciones sexuales – primera vez para ella – y hacerla casi responsable de las consecuencias.

[Spoiler alert]

Cuando al fin habló fue para decirme lo que yo ya sabía. No dormía, ni podía pensar en otra cosa que no fuera aquel problema. (Así fue como mi embarazo quedó nombrado entre nosotros.) Sentía muchísimo haber sido tan estúpido  de creer que sus métodos funcionarían. Sus relaciones anteriores habían sido con mujeres mayores que se encargaban ellas mismas de esos menesteres. Recién se empezaban a usar anticonceptivos, pero eran fármacos nuevos, no probados en su eficacia, ni en sus efectos secundarios y él, temeroso de causar daños a mi joven organismo, no me los había procurado. Yo debía saber que las alternativas eran solamente dos: interrumpir el embarazo mediante un aborto o seguir adelante. Los abortos eran ilegales en España, pero él me podría llevar a Londres al día siguiente si yo lo decidía. Según su entender, era un procedimiento sencillo. El martes o miércoles yo podría regresar a clase como si no hubiese ocurrido. 

La intención de dotar de voz propia a Juana es la premisa que sigue seduciéndome de esta novela, pero estoy segura de que no voy a volver a ella, porque el personaje de Manuel me revuelve las entrañas, me enoja. Vamos, me encabrona, porque hombres así siguen estando más vigentes que nunca, y porque no todas tienen la suerte de Lucía de apechugar un embarazo no planeado a los 16 – 17 años y ser amorosamente apoyadas por una monja y la amiga de tu madre muerta, que vive en Nueva York y va a resolverte la vida, porque Manuel… Bueno, ya ni hablar de él.

La literatura de Gioconda Belli es siempre necesaria y siempre voy a recomendarla; esta novela no es la excepción, pero espero que quien la lea, además de validar la voz y la vida de Juana siendo de Castilla y no la Loca, aprenda algo de la relación entre Manuel y Lucía: Si es lector, que reflexione sobre su proceder con el sexo opuesto – especialmente si es menor de edad -, pero si es lectora, que entienda que el interés que un hombre mayor que ella, disfrazado de intelectualidad o pasión histórica, no la valida como ser humano ni como mujer.

Sin saber qué rumbo tomar, llegué caminando a la fuente de Neptuno y seguí hasta el vestíbulo del Hotel Palace. Usé los privilegios y el nombre de mi abuelo. Hice que lo llamaran para que autorizara que me dieran una habitación. El conserje no cesaba de mirar mi atuendo. Soy actriz, atiné a decirle. He hecho el papel de la reina Juana en una función. ¿Juana la Loca?, preguntó. No, respondí, Juana de Castilla. 

Larga vida a Juana, a Gioconda, y a todas las mujeres que reescriben su historia.

Ecos santiaguinos: Mercado Central de Santiago

Mercado Central de Santiago, agosto 2019

El Mercado Central de Santiago es un edificio de estructura metálica diseñada en Chile y fabricada en Inglaterra, con un diseño arquitectónico neoclásico. Destacan sus puertas de dos hojas de fierro fundido, en las que sobresalen los motivos de hojas y tallos entrelazados, así como dos figuras reclinadas de mujer, que simbolizan la agricultura y la paz. Se inauguró el 15 de septiembre de 1872, durante el mandato del presidente Federico Errázuriz Zañartu.

Fue declarado Monumento Histórico el 15 de junio de 1984 y forma parte del circuito Santiago Patrimonial de la Ruta Capital.

De entre todas las marisquerías que hay en el mercado, destaca Donde Augusto no solo por la cantidad de locales que tiene, sino por las vitrinas en las que los comensales han dejado algún recuerdo de su paso por el lugar. Yo comí ahí papas fritas, ceviche, centolla al ajillo… Y un café.

En la parte de afuera están las empanadas Zunino, fundadas en 1930 por los hermanos Zunino, originarios del pueblo de Tiglieto, al norte de Italia. Ahí probé una empanada de pino [carne, cebolla, huevo y aceituna] y una de queso [gouda]. Ambas deliciosas.

También se pueden comprar chácharas desde lo más comunes como llaveros, plumas, imanes para el refrigerador y cosas de esas, hasta algunos detallitos de lapizlázuli, que es la piedra nacional de Chile, según el decreto 62 del Ministerio de Minería.

Por si fuera poco, se divisa la Cordillera. ¿Qué más se puede pedir?

Pues, caí, amiga, ¿qué te puedo decir?

Ignacio Manuel Altamirano murió en San Remo, Italia, en 1893. Para honrar su memoria, el 13 de febrero de 1960 fue inaugurado en el Parque Ormond, de San Remo, el monumento de bronce con la figura del maestro, obsequio de México al gobierno de Italia.
Ignacio Manuel Altamirano murió en San Remo, Italia, en 1893. Para honrar su memoria, el 13 de febrero de 1960 fue inaugurado en el Parque Ormond, de San Remo, el monumento de bronce con la figura del maestro, obsequio de México al gobierno de Italia.

Él no había amado a nadie, pero en cambio odiaba a todo el mundo: al hacendado rico cuyos caballos ensillaba y adornaba con magníficos jaeces, al obrero que recibía cada semana buenos salarios por su trabajo, al labrador acomodado, que poseía fecundas tierras y buena casa, a los comerciantes de las poblaciones cercanas, que poseían tiendas bien abastecidas y hasta a los criados, que tenían mejores sueldos que él. Era la codicia, complicada con la envidia, una envidia impotente y rastrera, la que le producía ese odio singular y esta ansia frenética de arrebatar aquellas cosas a toda costa. 

Desde que mi primer novio me regaló mi primer libro de editorial Porrúa, cuando yo tenía la tierna edad de 13 años [amo su inocencia], justo la indicada para leer El retrato de Dorian Gray, un sueño se gestó en mi mente, mi alma y mi corazón: Leer toda la colección Sepan Cuantos… de Editorial Porrúa. 

Este sueño me vino especialmente bien cuando me fui a estudiar a Monterrey y mi capital para diversiones de fin de semana alcanzaba para una papa asada del Semáforo y una ida al cine [en el que estaba frente a la universidad pagabas un boleto, pero te las arreglabas para escabullirte a las otras tres salas]. Lectora como soy, y estudiante de letras como era, mi ansia compulsiva de comprar libros y pasarme las calurosísimas tardes dominicales leyendo la vino a satisfacer mi querida colección Sepan Cuantos…, que se era justo lo que mi bolsillo necesitaba.

Así fue como me hice de mi flamante Zarco/La Navidad en las montañas, de Ignacio Manuel Altamirano, que además de escritor fue periodista, crítico literario, abogado, maestro y político. Fue la palabra, especialmente a través de su obra literaria, el vehículo que empleó para poner el ejemplo de una literatura nacional que protagonizaran los pueblos indígenas, la historia mexicana y el paisaje mexicano. 

De aquella lectura de tardes regiomontanas y calurosas recuerdo que el segundo capítulo, El terror, me erizó la piel no tanto por la narrativa sino porque yo, al igual que las buenas gentes de Yautepec, estaba inserta en el terror que ocasionaban los grupos criminales y que parecía escalar día con día. 

Los bandidos de la tierra caliente eran sobre todo crueles. Por horrenda e innecesaria que fuere una crueldad, la cometían por instinto, por brutalidad, por el solo deseo de aumentar el terror entre las gentes y divertirse con él.

Años después de abandonar Monterrey y ya viviendo en Guadalajara, rescaté a aquel libro sobreviviente de dos cambios de casa y de mi indiferencia gracias a Kate del Castillo. No es que la violencia hubiera disminuido o aminorado, pero trabajando en un periódico donde el 70% de las notas es de un horror sostenido necesitas ponerte la capa invisible de la indiferencia para no perder la razón; pero Kate del Castillo no tenía el perfil de una mujer que quisiera ser relacionada con un narcotraficante, mucho menos por el Chapo, así que su caso bien valía quitarme la capa.

Gracias a Kate del Castillo revaloré la literatura de Ignacio Manuel Altamirano, que me mostró en aquella relectura un México que sí siento como mío, donde convergen el amor por esta geografía exuberante, las cicatrices que la desigualdad ha hendido vía los grupos criminales – compuestos, a su vez, por seres heridos – y la manera en que la sociedad intenta trabajar con la autoridad para protegerse.

Los plateados contaban siempre con muchos cómplices y emisarios dentro de las poblaciones y de las haciendas, y que las pobres autoridades, acobardadas por falta de elementos de defensa, se veían obligadas, cuando llegaba la ocasión, a entrar en transacciones con ellos, contentándose con ocultarse o con huir para salvar la vida. 

Los bandidos, envalentonados en esta situación, fiados en la dificultad que tenía el gobierno para perseguirlos, ocupado como estaba en combatir la guerra civil, se habían organizado en grandes partidas de cien, doscientos y hasta quinientos hombres, y así recorrían impunemente toda la comarca, viviendo sobre el país, imponiendo fuertes contribuciones a las haciendas y a los pueblos, estableciendo por su cuenta peajes en los caminos y poniendo en práctica todos los días, el plagio, es decir, el secuestro de personas, a quienes no soltaban sino mediante un fuerte rescate. Este crimen, que más de una vez ha sembrado el terror en México, fue introducido en nuestro país por el español Cobos, jefe clerical de espantosa nombradía y que pagó al fin sus fechorías en el suplicio. 

Nunca vi – ni veré – ninguna de las telenovelas o programas en los que salga Kate del Castillo, pero tengo que reconocer que gracias a ella me reencontré con Ignacio Manuel Altamirano, con todo lo que él representó para las letras de mi país, tanto como ejercicio literario como en su calidad de vehículo para transmitir ideas nacidas en México para mexicanos, como siempre debió haber sido.

¿El siguiente paso? Leer más de la obra de Altamirano y de autores de la época, como los miembros del Liceo Hidalgo. Y todo gracias a que Kate cayó.

El dato: Ignacio Manuel Altamirano terminó de escribir El Zarco a las 11 y veinte minutos de la noche del 6 de abril de 1888. La primera edición, publicada en calidad de novela póstuma en 1901, fue vendida en $200.00 a don Santiago Ballescá en febrero de 1887, aunque solo estaba escrita la mitad de ella, esto es, 13 capítulos que fueron leídos en las sesiones públicas y privadas del Liceo Hidalgo en 1886. 

La calma que no llega tras la temporada de huracanes

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Le decían la Bruja, igual que a su madre: la Bruja Chica cuando la vieja empezó en el negocio de las curaciones y los maleficios, y la Bruja a secas cuando se quedó sola, allá por el año del deslave. Si acaso tuvo otro nombre, inscrito en un papel ajado por el paso del tiempo y los gusanos, oculto tal vez en uno de esos armarios que la vieja atiborraba de bolsas y trapos mugrientos y mechones de cabello arrancado y huesos y restos de comida, si alguna vez llegó a tener un nombre de pila y apellidos como el resto de la gente del pueblo fue algo que nadie supo nunca, ni siquiera las mujeres que visitaban la casa los viernes oyeron nunca que la llamara de otra manera. 

Hasta este momento, lo más cerca que he estado de experimentar los estragos de un huracán fue cuando el Huracán Ramírez [el primerito, el mero mero, no acepten imitaciones] se quitó la máscara por desavenencias con los dueños del nombre, luego cuando en el 2015 azotó la tormenta tropical Erika y yo me pregunté si mi nombre era devastador – huracánicamente hablando – mis pesquisas arrojaron que mi primer huracán tocayo [1997] fue categoría 3, responsable de dos muertes directas, y mi segundo tocayo [2003] fue categoría 1 y también responsable de dos muertes directas. 

Así era mi vida hasta que llegué a trabajar al ITESO y una profesora abrió un círculo de lectura en el que, al menos durante este año, se leerían autoras mexicanas contemporáneas. Y así llegué a Temporada de huracanes y a su autora, Fernanda Melchor [@fffmelchor en Twitter].

Sé que fue amor a primera frase, pero nunca pensé que este amor iba a ser de los que duelen, de los que te abren los ojos y te obligan a fijarte en el reflejo del espejo roto que está ante ti, de los que te hacen redefinir los significados de cada palabra, de esos que te dejan alucinada, cuarteada, madreada, con costras, sin preguntas, sin respuestas, con toda la tristeza del mundo, con toda la infelicidad del mundo, porque te duelen todos, te duelen todas: Seres cuya existencia sabes pero no has validado totalmente porque están bien lejos aunque estén bien cerca, porque el desamor se siente en cada vertiginoso latido que significa dar la vuelta la hoja y devorarte la novela y sumergirte en esa pileta con agua encharcada y hedionda donde te reflejas tú, con tu celular y las nubes etéreas y cambiantes, y pasa el Luismi, y pasa Norma, y las nubes cambian, y sabes que tú cambias, pero ellos no, Luismi y Norma están siempre iguales, es más, hasta se multiplican, y tú te alejas porque puedes, y porque quieres aunque no quieras, pero ellos se quedan, porque ni pueden y tal vez ya ni quieren, pero si es que quieren, ¿cómo le hacen?

Huracán: Viento muy impetuoso y temible que, a modo de torbellino, gira en grandes círculos cuyo diámetro crece a medida que avanza apartándose de las zonas de calma tropicales, donde suele tener origen. [DRAE]

Ojo del huracán: Rotura de las nubes que cubren la zona de calma que hay en el vórtice de un ciclón, por la cual suele verse el azul del cielo. [DRAE]

Temporada de huracanes: Dícese del libro de Fernanda Melchor, editado por Literatura Random House, que convierte al lector en ojo del huracán, porque uno puede cerrar el libro e irse a su pedacito de cielo azul, olvidando a las Normas y Luismis de México a su mala, a su perra, a su culera suerte de ser invisibles y perpetuar esa condición hasta que termine la temporada de huracanes, que para ellos nunca termina. 

Leí este libro en tan poco tiempo que no tuve tiempo de maridarlo más que con una coca cola que compré fría pero terminé tomando tibia, porque la lectura me absorbió por completo. Pero es que a este libro no le hace falta maridaje: El universo desgarrador que creó Fernanda con un uso magistral del lenguaje se lee derecho. 

Aunque se rompan, aunque se sientan confrontados, aunque les gane la desesperación, aunque se encabronen: Léanlo, para entender qué pasa tras bambalinas de la nota roja de un país al que las raíces van sustituyéndolas los cadáveres.

Un puñado de polvo de un lugar al que no pertenezco

 

En la librería Gandhi el libro únicamente está en formato ePub y cuesta $274.
En la librería Gandhi el libro únicamente está en formato ePub y cuesta $274.

– Escúchame, John. Has hecho muy mal en llamar a Nanny vieja buscona. En primer lugar, porque es hiriente para ella. Piensa en todo lo que hace por ti.

 

-Para eso se le paga.

No sigas. En segundo lugar, porque empleaste una palabra que no debe ser usada por chicos de tu edad y de tu clase. La gente pobre a veces usa ciertas expresiones que los señores no emplean. Tú eres un caballero. Cuando seas mayor, esta propiedad y muchas otras cosas serían tuyas. Tienes que aprender a hablar como quien va a ser dueño de todo esto, y como quien debe consideración a las personas menos afortunadas, especialmente las mujeres. ¿Entiendes?

 

 

 

Llegué a Evelyn Waugh y a Un puñado de polvo gracias a que una tía decidió heredarme algunos de los libros de su biblioteca personal: Quiere cambiarse a una casa más pequeña y en su nueva vida ya no habrá tanto espacio para libros. Qué casualidad que me heredara justo los libros por los que suspiraba y a los que miraba largo rato cuando la visitaba, qué casualidad. 

Tengo que reconocer que no fue una lectura cómoda, ya que me introdujo con una brutal sutileza a un contexto del que conozco casi nada y del que me hartan la indolencia, la vaciedad, la frivolidad y la inutilidad. Creo que de llevar la vida de John Beaver o de Brenda yo me hubiera muerto de puro aburrimiento y de puro pesar, porque yo no sé vivir sin mercantilizar mis sentimientos.

No obstante, este libro me permitió experimentar lo que suelo contestar cuando me preguntan acerca de por qué la lectura es mi lugar en el mundo: Cuando leo el mundo es mío. Y el mundo es largo y ancho y yo soy muy breve y ocupo apenas una fracción de este espacio y este tiempo, mientras que el resto de este espacio y este tiempo son una serie de puertas interminables esperando a que yo, la lectora, gire la manija y me sumerja en un mundo desconocido, que puede – o no – gustarme, porque en ningún lugar está escrito que todas las lecturas serán placenteras: Algunas serán terribles, otras me confrontarán, otras más se convertirán en mi hogar.

¿Con qué acompañar la lectura más o menos incómoda de un escritor que, pese a ser reconocido como uno de los grandes novelistas del siglo XX, fue en vida tremendamente odiado?

Parte de esta novela la leí en el parque lineal Pablo Neruda, que pese a los ruidos citadinos es uno de mis espacios predilectos para leer; y luego me fui a La Postrería, donde, acorde con el color de las tapas de mi libro, pedí un postre que nunca se me había antojado: Amaderados [chocolate ahumado + piñones + nuez moscada + roble], acompañado de la apuesta segura de un capuccino, comida que estoy segura que ni Tony ni Brenda aprobarían, porque

A pesar de su perfecta salud y de sus figuras normales, Tony y Brenda seguían un régimen alimenticio estricto. Esto daba cierto interés a sus comidas y los salvaba de esos dos pecados contra la civilización que acechan a los comensales solitarios: una gula obsesiva o un régimen desordenado de huevos revueltos y sandwiches de carne cruda. El sistema que entonces seguían prohibía la combinación de proteínas e hidratos de carbono en la misma comida. Tenían un catálogo impreso que indicaba cuáles alimentos contenían proteínas y cuáles hidratos. Casi todos los platos comunes parecían ser una combinación de ambos, por lo que resultaba entretenido para Tony y Brenda elegir el menú. Generalmente ponían punto final al juego declarando que un alimento era <<comodín>>.

¿Recomiendo este libro? A pesar de todo lo dicho anteriormente y aunque sé de cierto que nunca lo volveré a leer ni por gusto ni por error, su lectura es necesaria si se quiere ir acumulando pedacitos del mundo y de su historia. 

Maridaje literario Un puñado de polvo
Sin yo saberlo, este postre habría de convertirse en la metáfora de mi experiencia con esta novela: Fuertes tapas cafés custodiaban una trama que no será parte de mis favoritas, de la misma manera en que estos deliciosos pedazos de chocolate resguardaban un cúmulo de texturas y sabores que, si bien no me desagradaron, sé que podré vivir tranquila el resto de mi vida si no vuelvo a probarlas.

Travesía a Shanghai

Mi nombre es Nike, pero mis amigos me llaman Cocó (como Cocó Chanel, esa famosa que murió a los noenta años, mi ídolo número dos; el número uno es Henry Miller, naturalmente). Cada mañana, al despertar, pienso en qué cosa extraordinaria hacer para llamar la atención de la gente. Me imagino el día en que me elevaré por el cielo de la ciudad estallando en un espléndido ramillete pirotécnico; ése es el único ideal de mi vida, mi única razón para existir.

Hoy me acompaña ‘Shanghai Baby’, la primera novela de la escritora china Wei Hui. En su país se vendieron más de 80,000 copias en dos semanas, hasta que autoridades chinas la prohibieron por ‘decadente,viciosa y esclava de la cultura extranjera’. La prohibición incluyó la quema publica de 40,000 libros.

Un fragmento de esta canción de Joni Mitchell abre el primer capítulo de esta travesía. La canción es hermosamente reveladora, y por ello la comparto con ustedes.